Durante todo este mes, las comunidades de fe renuevan su cercanía con las Sagradas Escrituras como alimento cotidiano para el alma. En medio del ritmo acelerado de la vida moderna, esta conmemoración invita a hacer una pausa, escuchar la voz de Dios y llevar su mensaje a la práctica diaria.
Un legado histórico al servicio de la gente
La elección de septiembre como el Mes de la Biblia guarda un profundo lazo histórico. El próximo 30 de septiembre se conmemora la festividad de San Jerónimo, quien dedicó su vida entera al estudio y a la traducción de las Escrituras. Nacido en Dalmacia cerca del año 340 y fallecido en Belén el 30 de septiembre del 420, San Jerónimo llevó a cabo la titánica tarea de traducir los textos sagrados desde el hebreo y el griego al latín.
Su obra, conocida como la Vulgata —que significa “edición para el pueblo”—, buscó poner la Palabra al alcance de todos y fue el texto oficial de la Iglesia durante siglos, hasta la promulgación de la Neovulgata en 1979. A partir de este hito, diversos países celebran también el Día de la Biblia. En la Argentina, esta fecha se conmemora el cuarto domingo de septiembre en un marco ecuménico, sumada a la jornada del 23 de septiembre, como una oportunidad de encuentro entre distintas comunidades cristianas.
Como enseña la Constitución dogmática Dei Verbum (n. 21), la Iglesia siempre ha venerado las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, reconociendo en ellas el alimento firme que sostiene la vida de la comunidad y fortalece la fe de cada creyente.
De la lectura a la vida: dejar que el agua empape el jardín
En las actividades cotidianas es fácil caer en la trampa del ritmo frenético. A semejanza del pasaje evangélico de Marta, muchas veces los afanes de la casa y el trabajo ocupan todo el espacio mental y espiritual, dejando poco margen para la pausa. Sin embargo, la lectura bíblica no está pensada como un simple rito formal, sino como un encuentro vivo.
Tal como señala el texto evangélico de san Lucas: “Felices los que escuchan la palabra de Dios y la practican” (Lc 11, 28). Si la lectura no baja al corazón y a las obras, se parece a una lluvia que cae sobre la tierra pero no alcanza a empapar las raíces del jardín interior.
La Palabra tiene algo que decir ante cada duda, angustia o miedo. La tradición eclesial nos recuerda que Dios se dirige a los hombres como a amigos para invitarles a la convivencia con Él (cf. numerales 101 y 102 de las orientaciones doctrinales sobre la Revelación). En esa escucha atenta se cultivan virtudes humanas fundamentales para la convivencia social, como la prudencia, la paciencia y la templanza.
Un camino abierto a la paz interior
El Mes de la Biblia no es solo una efeméride del calendario, sino una oportunidad para tomar decisiones personales sobre el uso de nuestro tiempo. El espacio para la calma y la meditación siempre está al alcance, pero requiere el discernimiento interior para priorizar lo verdaderamente importante.
La propuesta para este tiempo es sencilla y concreta: buscar un momento de serenidad en el día, abrir los Evangelios y permitir que la Palabra transforme la jornada. Llevar lo leído al trato con la familia, el trabajo y los vecinos es la forma más auténtica de hacer germinar esa semilla y construir una comunidad más fraterna.










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