La celebración presidida por el obispo y concelebrada con los presbíteros de la diócesis en la que se consagra el santo crisma y los restantes óleos
El sacerdocio en la Misa crismal
El rito de esta Misa, de la Misa crismal, incluye la renovación de las promesas sacerdotales. Tras la homilía, el obispo invita a sus sacerdotes a renovar su consagración y dedicación a Cristo y a la Iglesia.
Juntos prometen solemnemente unirse más de cerca a Cristo, ser sus fieles ministros, enseñar y ofrecer el santo sacrificio en su nombre y conducir a otros a él.
Por tanto otro tema importante de la Misa crismal es el sacerdocio. Al entregar el misterio de la eucaristía a la Iglesia, Cristo instituyó también el sacerdocio.
Los textos de la Misa presentan un conjunto catequético no solamente acerca del sacerdocio ministerial; sino también relativo al sacerdocio general de los fieles. En la antífona de entrada, la asamblea aclama: “Jesucristo nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre”.
En esta Misa crismal no se dice el Credo. Tras la renovación de las promesas sacerdotales se llevan en procesión los óleos al altar; allí, el obispo los puede preparar, si no lo están ya.
En último lugar se lleva el Santo Crisma, portado por un diácono o un sacerdote. Tras ellos se acercan al altar los portadores del pan, el vino y el agua para la eucaristía.
Después del Sanctus se bendicen el óleo de los enfermos; y tras la oración, después de la comunión, se bendice el óleo de los catecúmenos y se consagra el Santo Crisma.










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