En el Domingo de las Vocaciones, la Iglesia llamó a reconocer la voz de Cristo en medio de un mundo que desorienta y propuso a León XIV como nueva guía del rebaño.
Este domingo la Iglesia celebró el cuarto domingo de Pascua, conocido popularmente como el Domingo del Buen Pastor, y con él la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. La homilía del día tomó como hilo conductor una imagen tan antigua como vigente: Jesús como pastor que conoce a cada oveja por su nombre, que no grita pero orienta, que no se impone pero da paz.
“Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” fue el versículo del Evangelio de Juan que abrió la reflexión. Y desde ahí, el mensaje fue claro: en un mundo saturado de propuestas vacías y promesas que no cumplen, la voz de Cristo es todo lo contrario. No aturde, no confunde. Llega al corazón y queda.
Una pregunta que sigue vigente
La homilía recordó que la primera lectura del día, tomada de los Hechos de los Apóstoles, muestra a una multitud que, tras escuchar la predicación de Pedro, pregunta sin rodeos: ¿Qué tenemos que hacer? Una inquietud que, según el mensaje, sigue resonando hoy, especialmente en los jóvenes que buscan sentido y no encuentran dónde anclarse.
La respuesta que propone la Iglesia no es una fórmula sino un camino: el silencio, el acompañamiento espiritual, la vida sacramental, el compromiso comunitario y la cercanía con los más pobres. Espacios concretos donde, según la homilía, la voz del Pastor se vuelve reconocible.
La segunda lectura, de la carta de San Pedro, sumó otra dimensión al relato: Cristo no solo señala el camino, sino que se hace camino él mismo. “Cargó con nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”, recuerda el texto. Desde ahí, se planteó el corazón de toda vocación cristiana: el amor que se dona, la vida que se ofrece por los demás.
Vocaciones: una Iglesia que reza o se empobrece
En la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, el mensaje fue también un llamado directo a las comunidades. No solo a pedir por nuevas vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras, sino a cuidarlas, a no tener miedo de proponerlas. “Una Iglesia que no ora por las vocaciones se empobrece; una Iglesia que no las cuida pierde vitalidad”, se afirmó sin medias tintas.
Y para eso, se subrayó, hacen falta familias, consagrados y laicos que vivan su propio llamado con generosidad y alegría. Las vocaciones, en definitiva, no nacen en el vacío: nacen en comunidades que rezan, que testimonian y que contagian.
Francisco y León XIV: memoria y esperanza
La homilía también tuvo espacio para la memoria reciente. Se recordó al Papa Francisco como alguien que encarnó con su vida el rostro cercano del Buen Pastor, con “olor a oveja”, atento a los más pobres e incansable en anunciar la misericordia. Y desde ese reconocimiento, la mirada se proyectó hacia adelante: hoy la Iglesia camina junto al Papa León XIV, pidiendo al Señor que lo sostenga en su misión de confirmar a sus hermanos en la fe y conducir a la Iglesia en tiempos complejos.
Un corazón disponible
El cierre de la homilía recuperó a san Francisco de Asís y su pregunta fundante: ¿Quién eres Tú, Señor, y quién soy yo? Una invitación a la sinceridad interior, a preguntarse con honestidad cuál es el camino al que cada uno es llamado.
El Buen Pastor, concluyó el mensaje, sigue pasando. Sigue llamando. El desafío es simple y enorme a la vez: tener un corazón lo suficientemente disponible como para reconocer su voz.
Homilía del IV Domingo de Pascua – Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones










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