La falsa noticia sobre la muerte de Jorge Messi expuso una vez más los errores del periodismo moderno. Pero también mostró otra cara preocupante: la velocidad con la que una sociedad pasa de criticar un error a condenar a una persona.
La noticia fue falsa. No hay vueltas que darle.
Durante una transmisión en vivo se anunció erróneamente el fallecimiento de Jorge Messi, padre de Lionel Messi. La información era incorrecta y la propia familia tuvo que salir a desmentirla mediante un comunicado, donde además pidió respeto, prudencia y humanidad ante una situación privada de salud.
El error fue grave. Porque cuando se informa sobre la muerte de una persona no hay margen para improvisaciones, rumores o especulaciones. El periodismo tiene una responsabilidad enorme: verificar antes de publicar. Y cuando eso falla, el daño puede ser inmenso para las familias involucradas.
Ahora bien, una vez reconocido el error, aparece una pregunta incómoda: ¿qué hacemos después?
Porque en cuestión de horas, las redes sociales se transformaron en un tribunal. Ya no se discutía solamente la equivocación profesional. Se empezó a juzgar a la persona. Llegaron los insultos, las descalificaciones, los ataques personales y las condenas públicas. Como si un error, por más grave que sea, borrara de un plumazo toda la dignidad humana de quien lo cometió.
Y ahí es donde conviene detenerse.
¿Quién de nosotros no se equivocó alguna vez? ¿Quién puede afirmar que jamás dijo algo incorrecto, tomó una mala decisión o causó daño sin intención? La diferencia es que la mayoría de los errores ocurren en privado. Los errores de quienes trabajan frente a una cámara o un micrófono ocurren delante de miles o millones de personas.
Nada de esto significa justificar lo sucedido. Equivocarse tiene consecuencias. Pedir disculpas es necesario. Asumir responsabilidades también. Incluso revisar los mecanismos de trabajo para que algo así no vuelva a ocurrir. Pero una cosa es exigir responsabilidad y otra muy distinta es disfrutar de la destrucción pública de alguien.
La familia Messi pidió algo tan simple como necesario: humanidad. Y quizás ese pedido no debería limitarse solamente al tratamiento de la salud de Jorge Messi. También debería alcanzar la forma en que reaccionamos frente a los errores ajenos.
Vivimos tiempos donde parece más fácil cancelar que corregir, condenar que comprender y destruir que enseñar. Como sociedad hemos perfeccionado el castigo público, pero hemos olvidado la misericordia.
Y la misericordia no consiste en decir que no pasó nada. Consiste en reconocer que pasó algo malo, pero entender que detrás del error sigue habiendo una persona.
Porque si algo enseñan los valores más elementales —humanos y cristianos— es que corregir no es lo mismo que matar. Y muchas veces las palabras, los insultos y el odio colectivo terminan haciendo precisamente eso: matar la reputación, la historia y la dignidad de alguien.
El error periodístico existió y debe servir de aprendizaje. Pero si la respuesta social es convertir una equivocación en una sentencia perpetua, entonces quizás el problema ya no sea solamente la fake news. Quizás el problema también sea la falta de misericordia con la que estamos aprendiendo a convivir.










0 Comments