Un llamado a renovar la mirada comunitaria y pastoral frente a los desafíos actuales, marcando el camino espiritual y reflexivo de este encuentro diocesano.
Texto Completo:
Vigilia de la Natividad de San Juan Bautista
Queridos hermanos:
Al comenzar estas Jornadas de Reflexión Teológico-Pastorales, la Iglesia nos concede la gracia de hacerlo bajo la luz de la Palabra de Dios que precede la solemnidad del nacimiento de San Juan Bautista. La figura del Precursor aparece ante nosotros como un modelo especialmente significativo para quienes hemos sido llamados a servir al Pueblo de Dios mediante el ministerio sacerdotal.
La primera lectura nos conduce al corazón de toda vocación. Dios dice al profeta Jeremías: «Antes de formarte en el vientre materno te conocía; antes de que salieras del seno, te había consagrado». Toda auténtica reflexión pastoral comienza en esta memoria agradecida: antes que nuestros proyectos, preocupaciones o responsabilidades, existe una iniciativa divina. No fuimos nosotros quienes elegimos el ministerio; fue el Señor quien nos llamó.
En medio de las múltiples exigencias pastorales, podemos correr el riesgo de olvidar esta verdad fundamental. El sacerdote no es, ante todo, un administrador o un gestor de estructuras; es un hombre llamado por Dios para servir a su pueblo. Como Jeremías, también nosotros conocemos nuestras limitaciones y fragilidades. Sin embargo, la respuesta de Dios sigue siendo la misma: «No les tengas miedo, porque yo estoy contigo».
Por eso el salmo nos hace repetir: «Tú eres mi esperanza, Señor». Nuestra confianza no puede apoyarse únicamente en los medios humanos, sino en la fidelidad de Aquel que nos llamó. El sacerdote rejuvenece espiritualmente cuando vuelve a apoyarse en la gracia de Dios.
La segunda lectura nos recuerda que vivimos sostenidos por una esperanza que supera lo visible. San Pedro habla de Cristo, «a quien aman sin haberlo visto». Estas palabras describen profundamente nuestra vida sacerdotal. Toda nuestra existencia está centrada en Jesucristo, cuya presencia sostiene cada celebración, cada servicio pastoral y cada acto de entrega.
Por eso estas jornadas no deben ser solamente un tiempo de actualización intelectual o de planificación pastoral. Han de ser, sobre todo, una oportunidad para renovar nuestra adhesión personal a Jesucristo. La teología pierde fecundidad cuando se separa de la contemplación, y la pastoral pierde fuerza cuando se desvincula de la verdad del Evangelio. Ambas encuentran su unidad en Cristo, Verbo encarnado y Buen Pastor.
El Evangelio nos presenta a Zacarías e Isabel. Cuando todo parecía cerrado desde una perspectiva humana, Dios abrió un camino nuevo. La esterilidad se convirtió en fecundidad y el silencio en profecía. También nosotros contemplamos desafíos que a veces parecen difíciles de superar: la secularización, las heridas sociales, las dificultades en la transmisión de la fe o la escasez de vocaciones. Sin embargo, el nacimiento de Juan Bautista nos recuerda que Dios nunca abandona a su pueblo y que siempre prepara nuevos comienzos. Juan será un hombre totalmente orientado hacia Cristo. No buscará protagonismo para sí mismo; toda su misión consistirá en preparar los caminos del Señor. Su vida quedará resumida en aquella frase admirable: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya».
Esta enseñanza resulta particularmente actual para nuestro ministerio. El verdadero pastor no se anuncia a sí mismo ni busca convertirse en el centro de la comunidad. Su misión consiste en conducir a todos hacia Jesucristo. El Papa Francisco nos recordó que el pastor debe tener “olor a oveja”, y el Santo Padre León XIV continúa alentando a la Iglesia a una renovada conversión misionera. Ambas enseñanzas convergen en una misma verdad: estamos llamados a transparentar a Cristo, no a reemplazarlo.
Queridos hermanos, que estos días nos permitan rezar juntos, pensar juntos y discernir juntos. Que fortalezcan nuestra fraternidad presbiteral y renueven la alegría de nuestra vocación. Pidamos la intercesión de San Juan Bautista para que nos enseñe la humildad del precursor, la valentía del profeta y la alegría del testigo fiel. Y que la Santísima Virgen María nos ayude a custodiar cada día la fidelidad a nuestra llamada, para volver a nuestras comunidades fortalecidos en la fe, renovados en la esperanza y reavivados en la caridad pastoral. Que así sea.
Monseñor José Adolfo










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