Un 8 de septiembre de 1979 se consagraba el santuario dedicado a la Patrona del Nordeste. Hoy, casi medio siglo después, la imponente casa de María continúa siendo un espacio de cobijo, oración y renovación espiritual para el pueblo.
Ritos de piedra y fe para un lugar sagrado
El 8 de septiembre de 1979, en coincidencia con la fiesta de la Natividad de la Virgen María, la fe católica de nuestro país escribió una de sus páginas más memorables con la consagración solemne del templo de la Virgen de Itatí. En aquella jornada histórica, el entonces Nuncio Apostólico, monseñor Pío Laghi, presidió el rito sagrado que dedicó definitivamente el edificio al culto divino.
Durante la ceremonia se colocaron reliquias en el altar y se ungieron las doce cruces que custodian las paredes del santuario, encendiendo velas en cada una de ellas como signo visible de la dedicación definitiva del lugar a Dios. El acontecimiento congregó a figuras centrales de la Iglesia y la sociedad, entre ellas el arzobispo de Corrientes, monseñor Jorge Manuel López; el arzobispo emérito, monseñor Francisco Vicentín; el rector del santuario, el padre Carlos Berón de Astrada, y el entonces intendente de Itatí, profesor Roberto Bonastre, junto a una multitud de fieles que acompañaron el rito.
Los templos dedicados a Dios no son simples monumentos de valor arquitectónico; son lugares de encuentro donde el pueblo se reúne a celebrar la fe y a renovar la conciencia de su propia dignidad (cf. numerales 1179 y 1181 sobre el espacio litúrgico y la casa de oración). En la dedicación de un santuario, la piedra y la madera quedan consagradas para transformarse en una casa de puertas abiertas dispuesta a acoger la vida de una comunidad.
Casa de todos y refugio para los caminantes
A 47 años de aquel hito, la Basílica de Itatí se reafirma como uno de los centros de peregrinación más significativos de la Argentina y la región. Año tras año, millones de peregrinos llegan a los pies de la “Patrona y Reina del Nordeste argentino” cargando intenciones, cansancios y gratitudes, encontrando en la mirada de María un alivio para las fatigas cotidianas.
La existencia de un santuario cobra sentido pleno cuando se transforma en un verdadero motor de fraternidad. Como destaca la enseñanza de la Iglesia sobre la religiosidad popular (Evangelii Gaudium, n. 124), los centros de devoción son oasis espirituales donde se derriban las distancias y donde cada persona, independientemente de su historia o condición, se experimenta cobijada y valorada.
La vocación de ser templos vivos en lo cotidiano
La conmemoración de aquel 8 de septiembre invita a hacer una pausa, valorar la memoria recibida y contemplar la vigencia de este faro espiritual. Las doce cruces ungidas en las paredes de la Basílica representan una llamada a recordar que la Iglesia de piedras es reflejo de la Iglesia viva, formada por cada persona.
Aunque la arquitectura de Itatí siga custodiando con belleza la fe del pueblo, el compromiso renovado que surge de este aniversario es convertirnos, en el trajín de cada día, en espacios vivos de consuelo y servicio. Ser solidarios con el vecino, ofrecer una palabra de aliento a quien lo necesita y cuidar el bien común son las maneras más auténticas de hacer fructificar el legado de aquel día de consagración.










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