En el inicio de la Semana Santa, monseñor José Adolfo Larregain llamó a reflexionar sobre la pasión de Jesús como un espejo de la realidad actual, atravesada por el dolor, la injusticia y la indiferencia.
En el marco del comienzo de la Semana Santa, el arzobispo de Corrientes, monseñor José Adolfo Larregain, compartió una homilía profunda y directa que puso el foco en uno de los momentos más fuertes de la fe cristiana: la pasión de Cristo.
La escena arranca con una mezcla de alegría y tensión. Jesús es recibido con ramos y cantos de “Hosanna”, pero ya se anticipa el desenlace trágico. “El mismo pueblo que aclama después grita ‘crucifícalo’”, remarcó el arzobispo, marcando esa contradicción tan humana.
Basado en el relato del Evangelio según San Mateo, explicó que Jesús no es condenado solamente por las autoridades, sino por un entramado de intereses, miedos e indiferencias. Pilato reconoce que es inocente, pero no se compromete con la verdad. La multitud se deja influenciar, los discípulos se dispersan, uno lo traiciona y otro lo niega. Sin embargo, en medio de todo eso, Jesús ama hasta el final.
Lejos de quedar en una historia del pasado, Larregain bajó el mensaje a la realidad actual. Habló de una región golpeada por la pobreza, la falta de trabajo y la incertidumbre, donde —según señaló— aparecen “rostros concretos de Cristo sufriente”. También hizo referencia a las tensiones sociales que atraviesan al país, donde muchas veces se pierde de vista la dignidad del otro.
A nivel global, el panorama tampoco escapa a esta lógica: guerras, violencia y migraciones forzadas muestran a pueblos enteros cargando su propia cruz. En ese contexto, el arzobispo retomó el llamado de la Iglesia a no acostumbrarse al dolor ajeno ni caer en la indiferencia.
Durante su mensaje, dejó tres claves para vivir la Semana Santa.
- Primero, la verdad no se negocia: Jesús no usa la violencia, pero tampoco renuncia a lo que es justo.
- Segundo, la cruz se asume con amor: cada uno enfrenta sus propias dificultades —enfermedad, soledad, conflictos—, pero con sentido.
- Y tercero, la esperanza: incluso en el momento más oscuro, cuando todo parece perdido, puede nacer algo nuevo.
Finalmente, el arzobispo invitó a no quedarse solo en los gestos externos de la fe. “No alcanza con el ramo en la mano, hay que abrir el corazón”, planteó. El desafío, dijo, es animarse a una revisión personal: ver en qué momentos uno cambia, cuándo falta valentía para hacer el bien y qué cruces está llamado a asumir.
La propuesta es clara: vivir esta Semana Santa desde adentro, acompañando a Jesús no como espectadores, sino como verdaderos discípulos, con la esperanza puesta en que el amor siempre es más fuerte que el mal.










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