Hoy, 30 de abril, la Iglesia recuerda a un hombre que hizo lo que pocos se atreven: abrir las puertas de su casa a los más pobres, los más enfermos, los más olvidados. San José Benito Cottolengo no esperó que el Estado actuara, no esperó donaciones millonarias, no esperó condiciones ideales. Confió en algo más simple y más poderoso: la Divina Providencia.
Este presbítero italiano del siglo XIX vio en cada enfermo abandonado el rostro de Cristo, y en vez de mirar para otro lado, construyó un refugio. Sin grandes recursos, sin respaldo institucional, levantó lo que hoy se conoce como la Piccola Casa della Divina Provvidenza, una obra que creció más allá de toda lógica humana.
Su legado fue tan contundente que San Luis Orione, otro gigante de la caridad, eligió llevar su nombre en sus propias casas de acogida. Llamarlas Cottolengo no fue casualidad: fue un homenaje deliberado a quien demostró que la fe sin obras no es más que palabras.
En un mundo que descarta a los más vulnerables, la figura de Cottolengo golpea fuerte. Nos recuerda que la verdadera grandeza no se mide por lo que acumulás, sino por a quién le abrís la puerta.
Feliz día, San José Benito Cottolengo.










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