No se puede creer que en pleno 2026 tengamos que seguir hablando de estas cosas, pero pasó acá, a la vuelta de casa. Una familia judía de nuestra ciudad está viviendo una pesadilla tras recibir una catarata de mensajes cargados de odio, antisemitismo y amenazas que te ponen los pelos de punta. Lo que empezó como una intimidación por redes terminó en una denuncia formal que ya tiene a toda la provincia mirando con lupa qué fue lo que pasó.
La situación es gravísima porque no se trata solo de un “comentario desubicado” en internet. Estamos hablando de ataques directos y sistemáticos que buscan meter miedo y segregar a vecinos que forman parte de nuestra comunidad desde siempre. La denuncia ya está en manos de la justicia y puso en alerta a los organismos que luchan contra la discriminación, porque dejar pasar estas cosas es abrirle la puerta a una violencia que sabemos cómo termina.
Lo más triste es que estos mensajes de odio intentan romper esa convivencia que tanto nos costó armar en Corrientes. En una sociedad que presume de ser abierta y solidaria, que aparezcan personajes con este nivel de intolerancia es un baldazo de agua fría para todos. No es un tema de “unos pocos”, es un problema que nos toca de cerca porque el respeto no se negocia.
Ahora la pelota la tiene la justicia, que tiene que actuar rápido para identificar a los responsables y dejar en claro que el odio religioso no tiene lugar en nuestras calles. Como sociedad, no podemos mirar para otro lado ni naturalizar que alguien sea perseguido por su fe o su origen. El silencio nos hace cómplices y Corrientes no puede permitir que el miedo le gane a la libertad.










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