Monseñor Andrés Stanovnik: "Juntos celebramos la venida de Jesús"

Me alegra compartir con ustedes, querida comunidad arquidiocesana, mi vigésimo aniversario de ordenación episcopal, y poder hacerlo como todos los años, en el clima espiritual que nos ofrece el Adviento. Juntos celebramos la venida de Jesús en el tiempo; juntos peregrinamos hacia el encuentro definitivo con Él en la segunda venida que esperamos; y juntos lo celebramos presente entre nosotros en la Palabra, en el Pan de Vida, en nuestro prójimo, especialmente en los rostros desfigurados por la pobreza, y en los acontecimientos que nos hablan de su presencia cercana y salvadora. Jesús, muerto y resucitado, es nuestra esperanza y la razón de nuestra existencia.

En particular, siento un gozo muy especial por la presencia de los seminaristas, con quienes hicimos esta tarde un hermoso encuentro, en el que participaron los candidatos que están discerniendo su vocación sacerdotal. El Adviento es para todos nosotros un tiempo de gran expectativa y esperanza, como lo son también nuestros seminaristas y los que se están preparando para entrar en el Seminario. La mayoría de los sacerdotes párrocos están celebrando ahora la eucaristía con sus comunidades y unidos a nosotros. Con ellos y los que han podido acercarse para concelebrar con nosotros, queremos caminar juntos y animar a que lo hagamos todos, para renovar el entusiasmo de nuestro ministerio e impulsar una Iglesia cada vez más misionera. Para unos y otros, Jesús que vino, viene y vendrá es la razón de nuestra vida y de nuestra misión. Descubrirlo es apasionante y seguirlo por donde él quiere que uno vaya, es lo mejor que nos puede pasar.

Dejémonos iluminar por la Palabra de Dios que acabamos de proclamar. En la primera lectura (cf. Is, 54,1-10) escuchamos a Dios por boca del profeta Isaías que se dirige a su pueblo con un amor apasionado: Grita de alegría…, ensancha el espacio de tu carpa…, no temas…, con gran ternura te uniré conmigo…, me compadecí de ti con amor eterno, dice tu redentor, el Señor. Y finaliza renovando la alianza con su pueblo: “Aunque se aparten las montañas y vacilen las colinas, mi amor no se apartará de ti, mi alianza de paz no vacilará, dice el Señor, que se compadeció de ti”. ¿Cuál es la repuesta que cabe ante un Dios que se revela tan amoroso, tierno y decidido? Gritar de alegría, perder todo miedo, responderle con el mismo amor que Dios derrama en nuestros corazones, como respondíamos a las estrofas del salmo 29: “¡Te glorifico, Señor, porque me libraste!”.

En el Evangelio (cf. Lc 7,24-30) escuchamos a Jesús que habla de Juan el Bautista y pondera su bautismo de conversión. El texto señala que todo el pueblo lo escuchaba, incluso los que no pertenecían al pueblo de Israel. En cambio, los que se sentían seguros en sus propias verdades, los fariseos y los doctores, frustraron el designo que Dios tenía para con ellos. Se cerraron en su círculo, no fueron capaces de escuchar y se perdieron la ocasión de caminar juntos. La soberbia es la contracara de la humildad. El soberbio se cree fuerte, pero en el fondo es un ser débil y miedoso, pero aferrado desesperadamente a sus ideas, a sus cosas o a personas, para sentirse seguro. La confianza en Dios, como la tuvo Juan Bautista, es la que libera de esas esclavitudes y nos abre a Dios y a los otros. Los que escucharon a Jesús y lo aceptaron, pudieron hacer suyas las palabras del Salmo: “¡Te glorifico, Señor, porque me libraste!”.

Hoy deseo hacer mías esas palabras y les pido que me acompañen y las hagan también suyas. Las comparto agradecido también con los aniversarios de ordenación sacerdotal del P. Epifanio Barrios y del P. Ramón Billordo que coinciden con el día de hoy; como también de los aniversarios de ordenación diaconal de Luis Roberto Verdún, Juan Carlos Cuva, José Manuel Echavarría y Ramón Navarro. La palabra más bella y que mejor expresa lo que sentimos al hacer memoria de nuestra vocación es gracias. En ella se resume toda nuestra vida, adquiere verdadero sentido y toda su plenitud. Expreso mi profundo agradecimiento a Jesús, Buen Pastor, que me ha elegido para el servicio de la Iglesia que peregrina en la arquidiócesis de Corrientes.

Miro con esperanza a los seminaristas que mañana concluyen la misión que iniciaron hace diez días en la comunidad de la Capilla de San Cayetano en Loma Alta, acompañados por un hermoso grupo de jóvenes. Su entusiasmo y su entrega me rejuvenece, y estoy seguro que nos hace un bien enorme a todos, porque vemos cómo el Espíritu Santo renueva el rostro de la Iglesia, la fortalece y la impulsa a la misión. Al cumplirse hoy veinte años de mi ordenación episcopal, siento muy hondo en mi vida la mano bondadosa de Dios que me sostiene, por eso: “¡Te glorifico, Señor, ¡porque me libraste!”.

De la mano de nuestra Tierna Madre de Itatí, junto con todos ustedes, querida comunidad arquidiocesana, con los sacerdotes y diáconos, con la vida consagrada y los seminaristas, renuevo mi fidelidad a Jesús y a su Iglesia en la persona del papa Francisco y en comunión con mis hermanos obispos; mientras suplico, ante la Santísima Cruz de los Milagros, su maternal intercesión para que, a ejemplo de la Virgen Madre, sigamos atentos a la Palabra de su Hijo Jesús, nos dejemos conducir por su Espíritu, y nos dispongamos a caminar juntos, para ser testigos creíbles, audaces y alegres del Evangelio.

†Andrés Stanovnik OFMCap

Arzobispo de Corrientes